Historia

Bienvenidx joven exploradorx, has llegado aquí en busca de conocimiento. Siéntate, y escucha atentamente la historia de nuestro grupo. 40 años de historia.

Todo comenzó en 1976, cuando unxs pocxs rovers del grupo Espérides decidieron crear uno propio. La escisión recibió el nombre de grupo Filadelfia y una pañoleta de cuadros escoceses, marrones y rojos, se convirtió en su seña de identidad, durante ese año y el siguiente. En 1977 se cambió el nombre por el de Tierra del Fuego, pero por lo demás el grupo era muy diferente a lo que conocemos ahora: pertenecíamos a Baden Powell y cada sección estaba dividida por sexos, lobatos y alitas, troperos y guías, cada una de ellas con su propia pañoleta. Una oleada multicolor que se colaba cada fin de semana en la iglesia de San Basilio.

Sin embargo, dos años más tarde el panorama era muy diferente. El grupo se afilió a ASDE y a la coeducación, así que chicos y chicas se juntaron en la misma sección. La pañoleta se cambió de color, rojo por el fuego ardiendo, negro por la tierra quemada. Estos años en los que se consolidaba su identidad fueran duros para el grupo. Desavenencias con la parroquia dejaron al grupo sin local y durante dos años la ilusión anduvo errante, el parque de Arganzuela era con frecuencia el punto de encuentro de un grupo nómada.

Por fin, en 1981 y hasta ahora, el grupo encontró un local. El primero de ellos estaba en el Paseo de la Chopera, un piso pequeño donde las secciones apenas cabían en las salas. Durante esa época visitamos los pirineos aragoneses, Portugal e incluso Londres, el Tierra del Fuego recorría mundo en verano, a lomos de los dos autobuses necesarios para llevar a todxs lxs chavalxs y scouters.

Hace mas de diez años, el grupo se mudó a un local en la calle Arquitectura. Sus puertas se abren cada sábado para asaltar la rutina, continuar la aventura.

Esta es la cronología del 362 Tierra del fuego, de nuestro local, nombre, pañoleta. Pero no cuenta nuestra historia: el macuto, las botas y la esterilla durmiendo en un armario del cuarto, al acecho, esperando. El cuadrado de tierra aplastado que queda en la pradera tras un campamento de verano. El rocío helado sobre la tienda, la niebla al amanecer, el camino perdido que deja de ser un lugar tranquilo cuando se llena de conversaciones, de quejas y de risas cuando nos vamos de marcha. Los recuerdos de los que viven y crecen con el grupo. Esa es nuestra historia, la que está viva, la que se cuenta cada día.